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Meta

Publicado el 9 septiembre 2019 | por Comunicaciones PAX

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Amor y dedicación a prueba de todo

Flor Castillo siempre se ha dedicado a cuidar y trabajar con niños. El amor por ellos se le sale por los poros. Hace más de 20 años dejó su pueblo natal, La Calera, muy cercano a Bogotá, para buscar mejores oportunidades. Durante los tiempos del conflicto que azotó a Piñalito en el departamento de Meta, tuvo un hogar comunitario por los que pasaron alrededor de 500 pequeños. Desde sus vivencias nos cuenta la historia de una región del país ejemplo de resistencia y que continúa trabajando para que no se repitan las infamias de la guerra.

Cuando vivía en Bogotá, Flor Castillo trabajó con bebés, niños y jóvenes. Un instituto para niños en situación de discapacidad, localizado en el norte de la capital colombiana, fue el primer lugar en donde determinó su futuro como cuidadora y educadora.

Y fue en esta ciudad en donde conoció a José Eliécer. Un recio santandereano, que por vueltas del destino llegó a la capital buscando empleo. Se cruzaron en esta vida y desde hace cerca de 40 años están juntos. Eran días duros, de mucho trabajo y de inclementes madrugadas. De lunes a sábado, emprendía a tempranas horas su viaje hacia el instituto.

Allí aprendió todo sobre el cuidado y atención a los niños y niñas y absorbió conceptos sobre cómo garantizar la seguridad y el bienestar ellos. Cuenta que terminaba muy cansada y, finalizada la tarde, debía seguir con la crianza de sus tres hijos, en ese momento unos infantes que esperaban por sus cuidados, cariño y afecto.

Pasado un tiempo, a José le ofrecieron una oportunidad laboral por fuera de la ciudad. Él, un hombre de campo, recibió la oferta de cuidar y trabajar en una finca, en un caserío cercano a Vista Hermosa, en el Meta. Un lugar totalmente desconocido, pero no lo pensó dos veces y arrancó. Un año después, Flor emprendería el viaje para reencontrarse con su esposo.

Flor Castillo nació en el municipio de La Calera, en Cundinamarca. Llegó a Piñalito hace 20 años y se ha trabajado como cuidadora de niños y niñas campesinos

Un giro a sus vidas

Flor recuerda su llegada a Piñalito en 1998, el pueblo que se convirtió en su nuevo hogar. “Vivíamos y cuidábamos una finca, quedaba en una vereda pasando el puente de Piñalito. La casa y el terreno eran grandes. Cerca había un río. La casa quedaba sobre pilotes, porque cuando se crecía el río había inundaciones. Cocinábamos con leña y eran buenos tiempos. Mi marido trabajaba todo el día jornaleando y yo le dije que por mi experiencia quería seguir trabajando con niños en la casa”, contó Flor.

Y así fue cómo esta mujer, de pequeña contextura y fina voz, empezó a recibir niños y niñas que necesitaban de una cuidadora. “Recibí niños de todas las edades, desde meses de nacidos, hasta adolescentes. Ellos debían estudiar y sus padres, por diferentes razones, no podían cuidarlos y estar pendientes de ellos. Entonces, prestaba un servicio y los tenía en mi casa. El cuidado comprendía su alimentación, la dormida, el tiempo de juego y los que podían iban a la escuela. Llegué a tener hasta 40 niños. Adapté la casa para hacer mi trabajo. En la sala puse los colchones que yo misma hacía, ubiqué en un cuarto a las niñas y en otro a los niños. Todos con sus toldillos para los zancudos”, explicó Flor.

En esa época la guerrilla mandaba en la zona. En varias oportunidades se acercaron a la finca, indagaban sobre el trabajo de Flor, preguntaban a los niños si eran bien atendidos, si les daban comida y si estaban a gusto en el lugar. Flor recuerda recibir hijos e hijas de mujeres que se internaban en los campos de coca a raspar la tan comercializada hoja. Los dejaban y días después los recogían, cuando se acababan las campañas de ‘raspachines’. Otros no tenían tal suerte, y duraron años al cuidado de la señora, sin que sus padres los visitaran.

“Fui reconocida como madre comunitaria. Me los dejaban aquí, en la finca, y ellos se iban se iban a raspar coca. Cuando bajaban de los cultivos, algunos pagaban el cuidado de sus hijos, otros se bebían la plata. Cuando eso yo les cobraba muy barato. También tuve casos de padres que me los dejaban por bastante tiempo. Después de un año o dos años, llegaban por ellos. Los visitaban y se los llevaban. Todo cambió cuando se acabó de zona de distención. Antes vivíamos bajo el régimen de la guerrilla, después de eso empezó a llegar el ejército y los paramilitares y eso si fue una guerra tremenda. Eran balaceras, cilindros, todo. Era tremendo”.

La casa quedaba sobre pilotes, porque cuando se crecía el río había inundaciones. Debajo de la casa Flor se resguardaba con los niños de los constantes combates en los que ellos quedaban en el medio.

En varias oportunidades los combates entre guerrilla, paramilitares y ejército fueron cercanos a su casa y ellos quedaban en el medio de los enfrentamientos. “La guerrilla nos avisaba y nos decía que buscáramos refugio. Como la casa estaba sobre pilotes, teníamos que hacernos debajo de la casa, con los niños, llevar los colchones, ponerlos en el piso y escondernos. Recuerdo un día que empezaron a estallar los cilindros y se sentían las balas muy cerca, una pasó tan cerca de mi esposo que casi lo mata. Sacamos a los niños corriendo y una bebé de meses se me quedó en la camita durmiendo. No se imagina mi preocupación por no poder rescatarla. Sin embargo, Dios es muy grande y no le pasó nada. Cuando dejaron de estallar los cilindros y sonar la balacera, subí corriendo al cuarto donde estaba la niña y aún estaba dormida”, relata Flor el angustioso momento.

José también cuenta sobre el constante miedo que vivían ellos con los niños. “Pasamos por muchas cosas como, por ejemplo, un día una señora que había llegado por los lados de la finca y le habíamos dado posada, tuvo que vivir uno de esos enfrentamientos tan terribles. Ella estaba embarazada, fue tan fuerte en enfrentamiento que comenzó con el trabajo de parto. Dio a luz en pleno combate y ayudamos a traer a su hija al mundo, escondidos. A la niña la llamamos Daniela. En otra oportunidad una mujer que vino a ver su hija pues nosotros la cuidábamos, estuvo un rato con ella y al irse tomó el camino cercano al río. Se desvió porque sintió ganas de orinar y al buscar el lugar para hacerlo, sin querer pisó una mina y murió. Eso fue muy triste”, cuenta el esposo de Flor.

Fueron años tan difíciles en medio del conflicto que su hija Patricia, la única que hoy vive con ellos, empezó a enfermarse. “La niña por el miedo convulsionaba. Desarrolló una epilepsia, ahora como secuela tiene una discapacidad; por eso ella está siempre con nosotros, me ayuda a cuidar la casa y tiene una medicación especial, todos los días. Esa es una de las marcas imborrables de la guerra”, dice Flor.

Traspasando fronteras

Hace algunos meses, Flor recibió una llamada de otro país. El interlocutor se presentó como intérprete o traductor de un joven que ella había cuidado y que estaba buscando a su madre. Con tantos que pasaron por su hogar comunitario, era difícil recordar. Sin embargo, ella ubicó ese recuerdo.

“Una vez una señora me dejó tres niños, uno de 7 años, otra de 3 y una bebé de 8 meses. Nunca dejó plata, ni pañales, ni nada. A mí me tocaba romper ropa vieja para hacerle pañales de chiros a los niños. Un día un soldado que estaba cerca de la finca me dijo que a la mamá de esos tres niños la habían desaparecido y que, si yo la estaba esperando, nunca iba a llegar. Eso me lo dijeron un domingo, y el miércoles de la siguiente semana llegaron a la finca unos hombres a decirme que tenía 15 minutos para entregar a los niños. Yo le dije que no, que me daba mucha pena, pero yo tenía una responsabilidad con esos niños y no los podía entregar a nadie que no fuera la mamá o su familia. Ellos insistieron. Me dijeron que los bañara, les alistara las maletas y que me esperaban en el pueblo. Yo contrariada, los bañé, los vestí, tuve que hacer caso”, relata Flor.

Flor guarda muchas fotos de los niños que ha cuidado, aunque de la mayoría no recuerda los nombres. Al verlos siempre cuenta sus historias, lo especiales que eran, sus temperamentos. Habla de ellos con la familiaridad de un vínculo de sangre.

“Agarré una maleta, el niño más grandecito agarró otra, tomé a la niña de la mano y a la bebé me la amarré como un canguro a mi pecho. Salí hasta la carretera por donde pasaban buses. Soldados que estaban patrullando por ahí me embarcaron con los niños en uno de los transportes que pasó y llegué al puente de Piñalito. Ahí estaban ellos, los paracos, con otra gente. Recuerdo a uno que me habló y que tenía las uñas muy largas. Yo estaba muy nerviosa. Me trajeron caminando al centro de Piñalito, por los lados de la cancha. Ahí pusieron unas sillas, como para una reunión. El señor de las uñas largas se sentó a mi lado y me dijo: ‘usted trabaja porque lo necesita, necesita que le paguen, ese es su trabajo. Más usted no sabe nada más’. Yo seguía muy nerviosa y le respondí solamente con un sí señor. Me dijo: ‘usted no sabe nada de la mamá de los niños, ni de los niños, ni de nada’. Me dijo que los niños se quedaban con ellos y que me fuera. No sé cómo pude levantarme y caminar para salir de ahí”, narra Flor con las lágrimas que traen los recuerdos.

“Pasé el puente y uno de los soldados me preguntó cómo me había ido. Yo le dije que me habían quitado los niños. Entonces había una banca larga ahí al lado de la carretera y me trajeron una jarra de agua. Me la tomé y me mandaron otra vez en el primer bus que pasó para la finca. Llegué allá llorando. Le comenté a mi esposo y le contaba entre lágrimas mi angustia sobre cómo le iba a responder a la mamá de los niños cuando llegara por ellos. Entonces un sargento del ejército que estaba por ahí cerca, pues ellos acostumbraban a patrullar por esa zona me dijo que no llorara. Me contó que a la mamá de los niños la habían encontrado por los lados del cementerio de Vista Hermosa armando unos cilindros y que la habían desaparecido. Yo, desde ese momento, ya no dije nada más. Nunca supe si ella era o no guerrillera. Mi trabajo era atender niños y niñas, sea hijos de quien fueran. Mi servicio era ese y se lo prestaba a quien me lo pidiera. Mucho tiempo después supe que los niños los habían entregado al Bienestar Familiar”.

Fue un duro momento que aun estremece a Flor. Así como también la estremeció la llamada del intérprete para preguntar por ese doloroso pasado. “Uno de los chicos se acordaba de mi nombre y comenzó a buscarme. Ellos fueron dados en adopción y tienen una vida lejos de Colombia. Pero como todo, el mayor de ellos, quien se acuerda más de su pasado, estaba preguntando por el paradero de su mamá, por su historia. Un intérprete fue el encargado de la investigación, porque según dijo, el joven no hablaba nada de español y le daba miedo volver a Colombia. Imagínese ¿qué recuerdos puede tener, todos asociados con la guerra?”, expresó Flor.

Ella contó su versión de la historia y lo que le dijeron sobre esa mujer, que había muerto. “Supongo que trasmitieron esa información al joven que estaba averiguando, pero más allá de eso no sé, porque no me han vuelto a llamar”, aseguró. Y hasta ahí llegó el contacto con ese momento de su pasado. Muchos de los niños que Flor ha cuidado, vuelven a su casa, ya no en una vereda enmontada, sino en Piñalito. La visitan, le llevan sus hijos para que los conozca. Le piden consejos y son como una gran familia.

José Eliécer es el esposo de Flor. Ya son más de 40 años juntos. De esta unión tienen tres hijos, una de ellas es Patricia, quien vive aún con ellos por una enfermedad desarrollada en tiempos del conflicto armado en Piñalito.

Encontrar la tranquilidad

Para protegerse, Flor, su esposo y su hija salieron de la finca y se radicaron en el pueblo. Ya llevan varios años en Piñalito. La convicción y la necesidad de seguir trabajando para el mantenimiento de su familia la hizo organizar un nuevo hogar comunitario.

El calor del medio día y el sol canicular de Piñalito es el anuncio de la llegada para almorzar de sus niños. Así los llama. En este año son cerca de 10 muchachos y muchachas que los acompañan en lo que ella llama su “internado”.

El servicio va dirigido a jóvenes y adolescentes que viven en veredas y que estudian en el colegio del corregimiento. Los jóvenes duermen, desayunan, se van para su colegio a estudiar y llegan a almorzar, hacen tareas o cualquier actividad extra curricular que tengan. En la noche ven televisión, juegan y duermen. Así es la rutina de todos los días. Los niños tienen una habitación y las niñas en otra. En el cuarto más grande duerme ella, con José y su hija. Algunos de los jóvenes salen los fines de semana para sus veredas a ayudar en las actividades del campo de sus familias.

“Cuando ellos salen en las tardes siempre les doy recomendaciones y les pido que se cuiden. Ahora que no hay guerra, aunque siempre la hay de alguna forma, pero no es tanta como la vivimos. Ahora me siento más tranquila, he trabajado con más confianza, los niños salen, entran, yo les recomiendo que no se demoren. No es tan fácil olvidar lo que uno vivió por lo que ahora les digo que se cuiden mucho”, concluye esta madre adoptiva.

Ahora es más difícil tener niños para cuidar. Los jóvenes estudiantes ahora tienen un servicio de transporte escolar que los acerca al acabar su jornada hacia sus veredas. Por eso muchos padres optan por ese servicio. Y Flor recuerda las épocas de bonanza, en donde los niños ajenos corrían por toda la casa, sus gritos, risas y llantos eran los sonidos que ambientaban el hogar. Y con nostalgia espera que en esos más de 500 muchachos y muchachas a los que ayudó a formar, tengan de ella un recuerdo de su amor y dedicación.


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