Cesar

Publicado el 5 junio 2018 | por Luisa Lopez

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Asamblea Campesina del Cesar: Radiografía de un campo vivo

Las 15 comunidades que hacen parte de la Asamblea Campesina del Cesar por la restitución de Tierras y el Buen Vivir, a pesar de los derechos no restituidos, son una fuerza viva que está logrando revivir la cultura campesina del Cesar y trasmitiendo a las nuevas generaciones el apego a la tierra.

Amanece en la vereda Hato La Guajira del municipio de Becerril, Cesar y todo está listo para comenzar a trabajar en el cultivo de Moringa. En la finca de Evelio Aguirre, un líder campesino curtido en las luchas del campo y de la vida, se han dado cita diferentes miembros de la Asamblea Campesina del Cesar por la Restitución de Tierras y el Buen Vivir para trabajar y consensuar los temas de la organización. Alrededor de proyectos pilotos de siembra, estos campesinos sobrevivientes de los peores años de conflicto en la zona minera del Cesar, muchos de los cuales siguen sin ser restituidos, se aferran a la tierra, y juntos, reconstruyen los lazos comunitarios, se apoyan en su reclamo de restitución de los predios, se consuelan en los dolores no resueltos y trabajan día a día por su derecho al buen vivir que para ellos es simplemente, levantarse y acostarse en medio del campo.

Una de ellas es Leticia Marrugo Gómez, Presidenta de la Asociación Campesina del municipio de San Diego, Cesar – Asocopac – que reúne a 42 familias desplazadas de la parcelación El Caimán, a quien la Asamblea Campesina le mantiene viva la esperanza de volver a recuperar, no solo su predio, sino su proyecto de vida campesino. Resalta el papel que están jugando las mujeres en este proceso asociativo, “algunas comunidades son lideradas por mujeres, quizás porque somos más decididas”,  ella recuerda como fueron, en su mayoría mujeres, las que se atrevieron en su momento a declarar los hechos victimizantes ante las autoridades competentes.

La fuerza de las mujeres se siente desde la misma presidencia de la Asamblea Campesina. Deyis Carmona Tejeda de la comunidad de Entre Ríos en el municipio de El Copey es la Presidenta de la Asamblea y además, coordinadora de la Mesa de Víctimas de su municipio. A Deyis, la vida le cambió en el 2004. Ese año, a su hermana, quien llevaba varios años reclamando su predio y el de otros miembros de su familia, un grupo paramilitar se la llevó por la fuerza. La angustiosa búsqueda duró 7 años hasta que, luego de la excavación de una fosa común en el corregimiento de Chimila, se logró identificar sus restos. El primer ciclo de dolor había acabado pero aún tendría que venir el largo proceso de pedir la restitución de sus derechos. Es, en ese ir y venir, cuando Deyis Carmona se da cuenta que alrededor suyo, otras personas estaban viviendo su mismo drama y decide que hay que trabajar unidos: “De ese dolor que estábamos sintiendo, se puede decir que nacen cosas buenas como conocer a otra gente y saber que no estamos solos, y que somos capaces  de levantarnos y la Asamblea es una prueba de ello”.

Los hijos de la Asamblea

Las historias de violencia que se repiten entre los integrantes de las comunidades que hacen parte de La Asamblea Campesina del Cesar están en la mente y el corazón de los hijos e hijas de los campesinos de las comunidades que hacen parte de ella. Jóvenes, muchos de ellos universitarios, que en lugar de buscarse un futuro lejos  de la historia vivida por sus padres, están trabajando codo a codo con sus mayores en la reconstrucción del tejido social, el restablecimiento de los derechos perdidos y, sobre todo, en impedir que la historia de despojo y de violaciones a los derechos humanos se repita y quede impune.

Deiner Elías Mojica Nieves tenía 4 años, cuando su familia fue obligada a salir de su predio ubicado en la comunidad de Tucuicito La Loma en el municipio de Becerril. Este ingeniero ambiental egresado de la Universidad Popular del Cesar lidera el capítulo de jóvenes de la Asamblea Campesina y es un miembro activo de la Asociación de Campesinos Víctimas del Conflicto de las veredas Hato La Guajira, Tucuicito La Loma y Santa Fe (Avhalos).

Las nuevas generaciones de la Asamblea Campesina son las encargadas del manejo de la información de la organización apoyados en sus conocimientos sobre las nuevas tecnologías – ellos como todos los jóvenes de hoy, han nacido y crecido siendo digitales – y se encargan de recoger, elaborar y difundir la información que surge de las actividades desarrolladas por la organización. “En este momento nos estamos reuniendo en los encuentros juveniles de la Asamblea Campesina un promedio de treinta jóvenes, quienes se han venido capacitando en el manejo de las TICs, jóvenes que tenemos un arraigo con el territorio, que nos mantenernos aquí y que queremos desarrollar nuestro proyecto de vida dentro del mismo”, dice un convencido, Deiner Elías.

Pero más allá de manejar las nuevas tecnologías, los veteranos líderes y lideresas de la Asamblea, fincan en estos jóvenes el futuro de la sobrevivencia del campo en el Cesar. Recuerdan que no ha sido fácil levantar a sus hijos, darles una educación en medio de tantas adversidades y sobre todo, mantenerles viva la fe en la reconstrucción del proyecto de vida hecho pedazos por cuenta de la violencia. Tampoco, dice la presidenta de la Asamblea, “ha sido fácil demostrarle a los jóvenes, que ellos sin perder esa capacidad de evolucionar, de ser profesionales, siguen siendo campesinos porque son sus raíces y ellos tienen que valorar eso. En nuestras organizaciones tenemos grupos de jóvenes a los que les hemos inculcado el amor por la tierra”.

Más allá de la organización, está el proceso

Los  miembros de la Asamblea Campesina del Cesar por la Restitución de Tierras y el Buen Vivir saben que mantenerse unidos alrededor de los objetivos que impulsaron la creación de la organización, no ha sido fácil. Este proyecto asociativo dio sus primeros pasos en mayo de 2012, antes que se cumpliera el primer año de la implementación de la Ley 1448 o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras. Era el momento en el que los campesinos y campesinas iniciaban su reclamación de los predios despojados en medio de un clima de amenazas, riesgos y hostigamientos.

Se hizo entonces una convocatoria amplia a líderes y lideresas para que se unieran alrededor de una organización que recogiera sus reclamos. En un primer encuentro en julio de 2012, los representantes de las comunidades lograron identificar las coincidencias que sus casos tienen frente a los hechos de despojo y violación de derechos humanos. Luego viene un segundo encuentro a finales de ese mismo año, en el que se le dio continuidad a las discusiones y acuerdos construidos en el primero, y se redactó un pronunciamiento público denominado “Declaración de Valledupar: La restitución de tierras en el Cesar: Entre la esperanza y la frustración” en el que se hace alusión a las grandes adversidades para reclamar las tierras pese a la promulgación de la Ley 1448 de 2011.

Estas dos primeras reuniones, que congregaron líderes y lideresas de comunidades víctimas de despojo y violación a los derechos humanos del norte, centro y sur del departamento sentaron las bases de lo que sería la Asamblea Campesina del Cesar por la Restitución de Tierras y el Buen vivir que nació oficialmente en febrero de 2013.

Este esfuerzo asociativo para visibilizar y documentar la historia del despojo de tierras en el Cesar, que buscaba generar mecanismos de protección para los líderes amenazados, comenzaba a hacer eco, no solo a nivel departamental, sino también, a nivel regional. Es así como en junio del 2013 tuvo lugar un cuarto encuentro, esta vez con la asistencia de delegados de 8 departamentos del Caribe colombiano. El trabajo asociativo apoyado por diversas entidades y organizaciones permitió a estas comunidades campesinas salir del ostracismo en el que el miedo y las amenazas las había sumergido y, simultáneamente,  comenzar a develar la dimensión del despojo de tierras en el Cesar.

La gravedad de la situación era tal, que instituciones nacionales e internacionales comenzaron a interesarse por la magnitud de la violación de derechos humanos en la zona minera del Cesar y buscaron constatar en el terreno, lo que las cifras estaban develando. Es así como en abril de 2013, el entonces Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Sr. Todd Howland se reúne en Valledupar con reclamantes de tierras y se llevan a cabo varias audiencias con instituciones del Estado.

Ese mismo año, los reclamos de los campesinos fueron escuchados por una delegación internacional constituida por Agencia de Cooperación Lutheran Word Relief (LWR) y Latin American Working Group (LAWG). La visita dio como resultado el informe “Lejos de la Tierra Prometida: Restitución de Tierras en la Costa Caribe de Colombia”.

Cabe recordar, que estos primeros andares de La Asamblea Campesina del Cesar estuvieron acompañados por diferentes instituciones como la MAPP OEA, el Sistema de Alertas Tempranas (SAT) de la Defensoría del Pueblo y la Corporación Desarrollo y Paz del Cesar (CDPC).

Los años difíciles

Hay que decir que aunque los dos primeros años de vida de la Asamblea Campesina fueron de un desarrollo acelerado, luego vinieron épocas de estancamiento en las que algunas comunidades se alejaron y otras decidieron retirarse de la organización. Además, este tipo de asociaciones suelen ser blanco de intentos de divisiones que terminan haciendo mella, en un contexto diario de enormes dificultades que las hacen extremadamente vulnerables.

Esta fue más o menos la situación que encontró PAX Holanda cuando a finales de 2014, acuerda con los delegados de la Asamblea Campesina del Cesar, un acompañamiento  en el proceso que se estaba dando. En esta oportunidad, la Corporación Desarrollo y Paz del Cesar (CDPC) decide retirarse de la alianza. Comenzó entonces,  un trabajo de invitar a otras organizaciones, de avanzar en un acompañamiento psicosocial, jurídico y de construcción de la memoria histórica. Se retoma y afianza la identidad original que motivo su creación, logrando con ello, definir una hoja de ruta clara que permita a las comunidades, restituir los derechos perdidos, participar en escenarios de reconciliación y generar acciones que construyan una paz territorial.

En el 2016, la Asamblea renace con fuerza. Se formalizan las instituciones de base de las comunidades y se obtiene la personería jurídica de la organización. Se abre el trabajo hacia temas de género y los hijos e hijas de los fundadores de la Asamblea, comienzan a ganar protagonismo. Estos jóvenes campesinos, algunos de ellos universitarios, le infunden a la organización nuevos bríos, la modernizan y su presencia garantiza la sostenibilidad no solo de la Asamblea, sino de la cultura campesina en el Cesar.

Esta legitimidad social fue reconocida en el 2017 por la Cámara de Comercio de Valledupar, organización gremial que en el marco de la conmemoración del Día Internacional de los Derechos Humanos, rindió especial homenaje a la Asamblea Campesina del Cesar por la Restitución de Tierras y el Buen Vivir. Su Presidente, José Luis Urón defiende con contundencia, la imprescindible existencia de una organización como la Asamblea. “Los campesinos han sido las primeras víctimas de todos los conflictos, de todas las plagas de Egipto. Vemos su fortaleza, el arraigo a sus tierras, la valentía. Esos campesinos prefieren morirse en el territorio que ser desplazados. Y yo creo que lo único que ha funcionado en este país como seguridad a la vida y a permanecer en un territorio, es la asociatividad de las víctimas del conflicto para enfrentar a las organizaciones criminales”.

La historia que convoca

Las aproximadamente 3.500 personas de las 15 comunidades que conforman hoy la Asamblea Campesina del Cesar por la Restitución de Tierras y el Buen Vivir comparten una misma memoria: el despojo violento de sus predios. En la zona minera del Cesar, según datos de la Unidad de Víctimas, hay 385 mil 412 desplazados, fenómeno que tuvo su punto más álgido entre 1996 y el 2008.  Dentro de ese universo, y como lo demuestran las cifras, solo una pequeña cantidad de reclamantes, han accedido o están en procesos de restitución de sus tierras.

En las cifras consultadas de las bases de datos oficiales a finales de 2017,  aparece un total de 7.354 solicitudes de las cuales están inscritas 1.626,  otras 3.984 están denegadas y 4.375 en etapa de estudios. Lo anterior significa que hay un mayor número de solicitudes “no inscritas” o en “Etapa de estudios” de las que están realmente circulando en los distintos juzgados de restitución de tierras del Cesar. (ver infografía)

La magnitud del desplazamiento ocurrido en el Cesar no hubiera sido posible sin el uso de la fuerza. Prácticamente cada caso de desplazamiento forzado, tiene detrás un asesinato, una desaparición forzada, y en los peores casos, una masacre. Bien lo sabe, Toribio Valencia Cervera, a quien el 16 de junio de 1999, las autodefensas le asesinaron a su hermano en un hecho que aún hoy, sigue sin reparación: “al ver que los paramilitares se iban a llevar todo nuestro ganado, el único sustento que teníamos, mi hermano interpeló a John  Jairo Esquivel alias “El Tigre” para que no lo hiciera y el ex comandante paramilitar lo retó a jugárselo en una pelea. Cuentan que mi hermano Darío le ganó y “El Tigre” al verse humillado frente a sus subalternos, cogió un arma, le disparó, lo apuñaló y lo tiró a un caño”. En su rostro calmado pero profundamente triste se evidencia como desde ese día, la vida de Toribio y su familia cambió para siempre. Solo 18 años después pudieron volver a la tierra, rendirle un homenaje al hermano muerto y sanar, en algo, el dolor. Hoy, participa con los líderes de su comunidad El Platanal, de las reuniones de la Asamblea porque sabe, que solo trabajando con otros que han pasado por circunstancias similares, podrá encontrar algo de justicia y reparación.

Los sueños, el diálogo y la reconciliación

Proyectos productivos como los de moringa o piña le han permitido a las comunidades de la Asamblea Campesina del Cesar, volver a soñar. No obstante, las casi dos décadas que han pasado desde sus desplazamientos, de haber vivido por años lejos de sus tierras, padeciendo, en muchos casos, la indolencia de las ciudades colombianas, ellos siguen soñando con la única y verdadera reparación que se traduce en recuperar su dignidad como campesinos y que el Gobierno y el país, vuelva a darles el protagonismo que tienen. Todos sin excepción, adultos y jóvenes lo declaran: “Mis abuelos fueron agricultores, mis tíos fueron campesinos, eso es algo que se lleva en la sangre, es algo innato … ¡como me lo voy a quitar, como me lo van a quitar…!”, comenta Leticia Marrugo Gómez.

La resiliencia que los hombres y mujeres de la Asamblea han logrado no sería posible sin la renuncia a la venganza y el anhelo de una reconciliación en el territorio. Estar juntos también les ha servido para acompañarse en el dolor y poco a poco, ir sanando las heridas, que como ellos mismos dicen, pasa por comenzar a perdonar a quienes les hicieron tanto daño. Pero su generosidad va más allá. Hoy, las 15 comunidades que pertenecen a la Asamblea, están dispuestas a liderar un proceso de reconciliación en el territorio que incluya un diálogo, abierto y trasparente con las empresas mineras de la región, con quienes han mantenido durante años, litigios por tierras y contradicciones sobre la manera de ver el desarrollo en el departamento. Todo ello, para que como dice Ebert Francisco García de la Asociación Avhalos, “limemos asperezas, logremos que el otro no me mire como su enemigo, ni yo seguir pensando que ese es el causante de todos mis problemas. Buscar una acuerdo en el que todos salgamos victoriosos y que no se repitan los hechos dolorosos del pasado”.

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