Víctimas y Reconciliación

Publicado el 19 septiembre 2017 | por Fernando Arellano

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Los llaneros quieren la paz

Por Jairo Gómez

Las víctimas son el núcleo del conflicto colombiano que después de más de cinco décadas de guerra comienzan a encontrar una luz al final del túnel.

Por millones se cuentan las víctimas; la Unidad Nacional que pondera a diario esta población representada en personas en situación de desplazamiento y otros fenómenos de violencia como el asesinato de políticos, líderes de izquierda, defensores de derechos humanos y desaparición forzada asegura que el país supera los ocho millones de colombianos afectados por el conflicto interno.

Para conocer esa realidad es necesario ir al encuentro de esas víctimas en lugares en donde la confrontación fue cruda y sangrienta y, sin duda, una de esas regiones es el departamento del Meta, en el sur de Colombia.

Es la despensa alimentaria del centro del país, aseguran los miles de colonos que se alojaron en esas tierras por allá en los años 30 del siglo pasado. Su potencia ganadera asociada a extensas haciendas también la hace próspera pero al mismo tiempo desigual por la intensa concentración de la tierra. Hoy es uno de los departamentos más apetecidos por las multinacionales del petróleo.

El departamento del Meta fue modelado por inmigrantes que vinieron de todas las regiones del país, pues los llanos orientales, denominación genérica de la gran Orinoquia colombiana, eran terrenos baldíos que pertenecían al Estado colombiano y que éste por fuerza del inusitado poblamiento se vio obligado a legalizar esas propiedades que en muchos casos terminaron en manos de terratenientes.

Toda esa riqueza, además de la hídrica, y la concentración de la propiedad que en muchos casos propiciaron los gobiernos liberales y conservadores sirvió como caldo de cultivo para que afloraran los grupos armados irregulares que en su momento se denominaron las guerrillas liberales (décadas de los años 40 y 50 del siglo XX). Es una región donde el conflicto se experimentó mucho antes que el que hoy quiere superar Colombia con las guerrillas izquierdistas. Paradójicamente, las víctimas de esa época nunca existieron para el Estado colombiano.

La extensa llanura colombiana: donde antes hubo guerra, hoy reina la paz

Los llanos orientales que en el pasado se denominaban los Territorios Nacionales comenzaron a tener identidad propia y representación parlamentaria con la Constitución Política de 1991 y, de Intendencias y Comisarías, pasaron a ser departamentos con autonomía administrativa. En ese contexto afrontaron la violencia guerrillera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en los últimos 54 años.

Por todo lo que representaba el Meta, las FARC construyeron su base político-militar en La Uribe e hicieron de la región el núcleo de su accionar violento. Hoy en un contexto de paz y reconciliación las víctimas de la guerra que se vivió ahí, sienten que volvieron a nacer.

La Uribe

Esta es la zona que en los libros sobre el conflicto en Colombia se identifica como “la región histórica de las FARC”. A solo cuatro horas de su casco urbano quedaba lo que en su momento se llamó “Casa Verde”, lugar de encuentro “social” de los jefes máximos de esa guerrilla con políticos y periodistas; “el santuario del secretariado de esa organización”, decían los cuerpos de seguridad. Era tan simbólico y emblemático el sitio para las FARC que el Presidente César Gaviria, ordenó bombardearlo el día en que el pueblo colombiano elegía los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente (9-12-90) que se convocó, precisamente, para hacer la paz.

Allí se libró la guerra, de ejército a ejército. Fueron escasos los días de paz y más los de la guerra. Cuando la confrontación no era “cuerpo a cuerpo”, llovían las bombas, los morteros y las granadas. “No había paz”, me comentó Doña Amanda, una mujer adulta de unos 70 años que paradójicamente experimentó las dos guerras: la que se conoció como la “época de la violencia bipartidista (conservadores contra liberales)” y la guerrillera y comunista contra las instituciones del Estado colombiano.

Sentados en su cafetería-restaurante ubicada en la única calle que atraviesa el pueblo y mediados por el ensordecedor ruido de los “Pickup”, intentábamos conversar: “prefiero la bulla de la música a la de las balas”, me dijo con sonrisa socarrona, con cierta timidez.

Sin duda ese es el legado de la paz y el acuerdo que firmaron el gobierno y las FARC. “Desde que la guerrilla dijo que ellos (unilateralmente) no volvían a disparar, desde ese momento no volvimos a escuchar un solo tiro”, comentó con sosiego Doña Amanda, a quien la guerra le quito varios seres queridos y desplazó dos de sus hijos que hoy viven en pueblos cercanos que omitió mencionar.

Claro, no es para menos, la desconfianza gravita en los ciudadanos de La Uribe. Sus habitantes miran con recelo la presencia de gente extraña en el pueblo porque, no obstante la ausencia de enfrentamientos  ejército-guerrilla, temen que grupos paramilitares lleguen a la zona a copar ese espacio.

“No los he visto, pero son muchos los comentarios de la gente”, advierte doña Amanda a una pregunta de si los “Paras” están por la región.

Mientras sosteníamos este diálogo, escaso de palabras pero cargado de mucho significado, por la vía principal del pueblo caminaban cuatro soldados del batallón… en labor de inspección por fuera de las trincheras que hoy son testimonio fiel del fin de la guerra.

El pueblo es tan pequeño que los pobladores se conocen entre sí, nadie es extraño. La Uribe, Meta, es paso obligado de campesinos de veredas y corregimientos cercanos para comercializar sus productos de pancoger.

Según Doña Amanda, quien nunca me dijo su apellido, la paz para su pueblo es “una bendición, sobre todo pa´las muchachas y los muchachos” y reflexiona con la sensatez que proporcionan los años: “sí, pa´los jóvenes porque ya uno de viejo solo espera la muerte”. Esa muerte con la que convivió por décadas y que por cosas del destino no le llegó en medio de los cruentos combates.

Delegación de PAX Holanda reunida con líderes sociales de La Uribe, Meta.

 

La tragedia de la guerra

Una suerte distinta, en cambio, corrió don Gustavo Antonio Chavarriaga. La guerra lo dejó ciego. Le mató a su esposa. Un hijo murió en la guerrilla y los dos que le quedan se fueron del pueblo.

Recio y duro consigo mismo no dio su brazo a torcer porque su reto moral y ético era demostrarle a los actores del conflicto que era un hombre recto, que pensaba en la comunidad.

Esa terquedad le granjeó ganarse la confianza y el respeto de los campesinos pero al mismo tiempo problemas con la guerrilla, el Ejército y los paramilitares: “para unos era auxiliador de la guerrilla, para los otros un informante y mal ejemplo para los campesinos”, dice don Gustavo Antonio, así con los dos nombres.

Su relato está lleno de angustias y tristezas, pero al mismo tiempo, en su condición de víctima y su limitación física aboga para que la paz llegue para quedarse: “es un dicha no volver a escuchar los cañones, no volver a vivir la zozobra de la guerra”.

Don Gustavo Antonio quedó ciego luego de ser torturado por el Ejército que lo señaló de ser un auxiliador de las FARC. “En mitad de los azotes de estos soldados –narra con precisión- sentí un golpe muy fuerte en la base del cerebro con un palo macizo, me fui al piso y perdí el conocimiento. Sólo desperté, cuando sobre mi cuerpo arrojaron un baldado de agua”.

“Ese golpe, explica, con el paso de los años me provocó la ceguera que hoy padezco”. Lo dice sin rencor pero con la convicción de que no está diciendo mentiras. “Todo lo averigüé –asegura- hasta si en la familia había algún problema genético que me produjera la ceguera y se descartó, entonces el médico me dijo que solo quedaba la alternativa de haber recibido un fuerte golpe y así fue, hoy no tengo ninguna duda”.

Sí, es una víctima que no guarda rencores ni odios con nadie.  “De qué me sirve?”, dice con resignación. A su esposa los paramilitares la mataron en un retén viniendo de Granada y a su hijo los guerrilleros lo reclutaron muy joven.

“Al cabo de ocho meses supe que había muerto en un combate con el Ejército. Ya le averigüé a los comandantes dónde lo sepultaron, pero me dijeron que los soldados se llevaron el cuerpo”, fue la respuesta fría y dura que recibió don Gustavo Antonio, que no paraba de golpear su bastón contra el piso de cemento con resignación.

Minutos después de un corto silencio, irrumpió con un inesperado comentario plagado de estoicismo pero al mismo tiempo de esperanza: “Está bien que estos muchachos vengan a la zona veredal. Muchos de ellos son familiares de los habitantes de la zona y con ellos esperamos construir la paz”.

Chavarriaga se ganó el liderazgo en su comunidad a punta de resistencia, de demostrar que todos los actores armados se equivocaron con él y hoy en La Uribe sus pobladores le respetan por su valentía y, sobre todo, por su generosidad de perdonar.

“Estamos concientizados que ya la paz nos la ganamos. Esto no va a volver a ocurrir. La guerra no va a volver a ocurrir. Hicimos un pacto social y político y si se cumple vamos a poder estar todos, llámense guerrilleros, soldados y policía…”, concluyó don Gustavo Antonio Chavarriaga, líder campesino y agrario con todos sus pergaminos.

Esa es la historia de un hombre campesino que se enorgullece de ser un colono que llegó a La Uribe para abrirse “camino en la vida”.

Vistahermosa

De Vistahermosa –Meta-  se tuvo noticia el día que el gobierno Pastrana (1998-2002) decretó la zona de distensión para adelantar los diálogos de paz con la guerrilla de las FARC. Además de La Uribe, Vistahermosa era uno de los municipios que estaban incluidos en los 42 mil kilómetros de despeje.

Un municipio que al igual que muchos en el país, los colombianos lo conocimos por la violencia. La presencia guerrillera era fuerte y sus órdenes se cumplían, pero al mismo tiempo la presencia de grupos paramilitares abonaron el camino para que se desatara una guerra sin precedentes.

Además de masacres, el asesinato selectivo en la región se erigió como arma letal y de control político. La población civil quedó en medio de la confrontación entre los grupos de extremistas armados tanto de derecha como de izquierda.

La fuerza Pública –militares y policías- llamada a poner orden en la casa, en muchos casos fue denunciada por campesinos de la región de ser propiciadores de la violencia en connivencia con los grupos paramilitares. Muchos labriegos fueron objeto de torturas y persecución por parte de las fuerzas oficiales, según denuncias que reposan en las oficinas de la Personería.

                                                                   Reunión de líderes sociales de Vistahermosa con delegados de PAX

Posconflicto, la esperanza

La idea generalizada entre las víctimas que hoy buscan reunirse para reclamar sus derechos es que la justicia es inoperante y que los resultados por sus reclamaciones no tienen celeridad.

“La desconfianza en la institucionalidad es el mayor obstáculo para las víctimas que hoy buscan una reparación digna”, advierte el Personero de Vistahermosa, Carlos Raúl Rojas.

De acuerdo con las estadísticas oficiales del municipio, Vistahermosa tiene cerca de 12 mil víctimas registradas. “Esto demuestra que este municipio fue brutalmente golpeado por la acción de los violentos. Es decir la mitad de su población es víctima”, corrobora el Personero Rojas.

Para José Rosemberg Sánchez, Coordinador de la Mesa Municipal de Víctimas, la prioridad de los supervivientes es recibir en el inmediato futuro una capacitación en torno a los alcances del posconflicto y la Justicia Especial Para la Paz (JEP).

“Eso es prioritario para nosotros. Queremos conocer en detalle los puntos centrales del Acuerdo de Paz para mirar hasta dónde podemos llegar las víctimas”, insiste Sánchez, un hombre vital y con un discurso muy cercano a la realidad de su municipio.

Para llenar el vacío de información y formación en torno a la Justicia Transicional, la Organización No Gubernamental PAX Holanda ha dispuesto de varios seminarios y talleres para que las víctimas del conflicto interno colombiano en esta región del país, tengan acceso a los documentos del acuerdo de paz y, por supuesto, al desarrollo constitucional y de ley que tenga la implementación de los mismos en el Congreso de la República.

El acompañamiento que hace PAX Holanda pretende, además, involucrar a todas las comunidades que se vieron afectadas por la violencia guerrillera y paramilitar y  busca que las víctimas se vuelvan protagonistas de su propio destino asumiendo la responsabilidad de la reconciliación.

De todas maneras el optimismo ronda a los pobladores de Vistahermosa, como quiera que aseguran estar viviendo uno de los periodos más pacíficos de su historia.

“La tranquilidad que hoy vivimos no la teníamos antes. Vistahermosa era un sitio en donde todos los días escuchábamos disparos. Poder ver a soldados y policías andando en motos y sin un fusil al hombro, para nosotros es muy bonito”, narró con especial convicción José Rosemberg Sánchez.

Sin embargo, fue más allá para reclamar una lucha frontal contra la corrupción de la cual su municipio tampoco está exento.

Según Deicy Murcia, una aguerrida líder, el posconflicto es muy importante para ellas –las víctimas- pues de ahí debe nacer un proceso de capacitación en materia de justicia “para poder reclamarle al Estado con argumentos”.

Conocedora de los alcances del conflicto y sobre los efectos negativos sobre las comunidades Deicy relata que “a mí me hicieron mucho daño pero eso no quiere decir que haya que discriminar” a quienes provocaron esta violencia que va camino a superarse.

Reclamó con vehemencia de sus compañeros de brega un mayor compromiso con la etapa que viene y para ello reconoció que “muchas de las comunidades están súper mal sicológicamente”, pero al mismo tiempo planteó como solución la “realización de talleres para orientar a los campesinos en torno a sus derechos y la asistencia social que el Estado nos debe proporcionar”. Vistahermosa, un pueblo que supera los 25 mil habitantes, se llama así por una razón muy sencilla: desde su posición geográfica privilegiada para donde usted mire, su infinito horizonte tiene una Vista Hermosa.


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