En los territorios, con las víctimas, por la justicia, la verdad y la paz.


Cesar

Publicado el 6 noviembre 2019 | por Comunicaciones PAX

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Poder campesino en movimiento

Deyis Margarita Carmona Tejada es una copeyana de pura cepa, hija, hermana, madre y lideresa que desde muy joven ha trabajado por su región.  Y aunque sus inicios fueron casi un azar de la vida, hoy reconoce que la oportunidad comunitaria brindada la hizo la mujer fuerte y solidaria que hoy es.

Valledupar, noviembre de 2019.  No había nada que se propusiera Deyis como presidenta de la Junta de Acción Comunal de Entre Ríos, vereda del municipio de El Copey en el Cesar, que no lograra. Su alegría, desparpajo y sensatez le abrían las puertas. Así fue como el puesto de salud pudo tener las tan anheladas camillas y los niños de la escuela lograron tener un torneo de micro futbol con uniformes, balones y toda la parafernalia para el evento.

“Mis padres nunca salieron de la finca. Mucha gente tuvo que desplazarse, ellos resistieron siempre, hasta el final. Tuvieron miedo a que la guerrilla y los paramilitares nos reclutaran, razón por la cual nos sacaron a la ciudad a estudiar. Yo crecí en el Copey mientras mis dos hermanos estaban en Barranquilla. Pero volver a la parcela era siempre una alegría. A pesar de los rumores, de todo lo que destruye la guerra en una comunidad, siempre volvía. Un día, después de terminar mi bachillerato, vine para unas vacaciones y mi papá me dijo: mija, estamos apurados acá, no tenemos nadie que nos represente en la Junta de Acción Comunal de la vereda, están solo los ‘viejitos’ de siempre. Te necesitamos”, contó Deyis.

Y así comenzó su trabajo comunitario. Conoce casi todas las veredas de la región. Las ha recorrido y caminado con esa cadencia típica de las mujeres de su tierra. Hoy defiende junto con 3500 personas más, la restitución de las tierras de los campesinos del Cesar y la búsqueda del buen vivir de las comunidades que como dice Deyis, es “un compendio de derechos, la búsqueda de una estabilidad económica para los campesinos; de nuestra dignidad; que seamos personas con un estado mental saludable, disfrutando de nuestro territorio, con garantías para seguir trabajando en el campo, sin miedos, sin zozobras, sin conflictos”.

Familia, parcela y vida

La vereda Entre Ríos, de donde es nativa Deyis, está ubicada al noroccidente del departamento del Cesar.  Las estribaciones de la de la Sierra Nevada de Santa Marta, la formación montañosa litoral más elevada del mundo, hace parte de varias de las parcelas de la zona. Esas son zonas protegidas, por lo que los campesinos no pueden cultivar. Las parcelas de los campesinos que hoy siguen en el proceso de restitución de tierras les fueron otorgadas en 1985 por el antiguo Instituto Colombiano de la Reforma Agraria -INCORA.

“De los fundadores de Entre Ríos hoy solo quedan dos familias: la mía y la de otro señor. En los últimos años hemos visto que han llegado personas de otros lugares a vivir en estas tierras. La vereda comenzó a quedar sola en 1988, por varias causas, pero especialmente por el miedo a la guerrilla. Cuando el gobierno llegó a titular estas tierras, los campesinos recibieron diferentes programas de capacitación, proyectos para la cría de ganado, de carneros. Eso alertó a la guerrilla quienes nos acusaban de apoyar las políticas del gobierno”, explica Deyis.

Los parceleros de Entre Ríos, recibían de los hacendados y grandes ganaderos del Cesar, animales para el pastaje. Era una especie de asociación para que, en los tiempos de sequía, tuvieran el mejor pasto para alimentarlos, ya que las grandes fincas ganaderas quedaban en terrenos más secos. Los animales pastaban por temporadas en las parcelas y si tenían crías, se dividían entre los campesinos y los ganaderos. Era una forma de ayudarse y tener una economía para su subsistir. Pero esto también generó que los alzados en armas pidieran a los campesinos algún tipo de vacuna extorsiva para su causa.

“En 1990 la guerrilla se llevó de nuestra parcela 90 reses. Lo poquito que quedó, algunos chivos, marranos y otras especies, se las fueron llevando los paramilitares a su llegada al territorio. Ellos, como en todo el país, querían acabar con todo lo que le pareciera afín a la guerrilla. De los 18 parceleros de Entre Ríos, solo quedaron 9, que a pesar de las amenazas”, aseguró Deyis.

Cada una de las 18 familias tenía 36 hectáreas y media de tierra para trabajar como Unidad Agrícola Familiar (UAF). Eran terrenos baldíos que podían ser entregados a labriegos para producción y fue eso lo que hizo en su momento el Incora: titular las tierras a los campesinos que se encontraban en ellas.  Eran parcelas para la producción agrícola, pecuaria, acuícola y forestal. Y además eran parte de la zona en donde se encuentra el yacimiento carbonífero más importante del país.

Al mismo tiempo, para completar el panorama, las parcelas quedaban en un punto estratégico para las guerrillas: estaban en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, muy cerca la frontera con Venezuela y con la Serranía del Perijá. Esto fortaleció su presencia en la zona.

Fue entonces una época oscura para el Cesar, donde los secuestros a influyentes comerciantes, las extorsiones a ganaderos y los homicidios selectivos sembraron el miedo en la fértil región.  “Muchos de mis contemporáneos tuvieron que irse para la guerrilla, pues exigían a las familias que por lo menos uno de sus hijos hiciera parte del movimiento. Esto destrozó el tejido comunitario. Con la llegada de los paramilitares en el 96 fueron comunes las historias de hermanos y miembros de una misma familia peleando en combates desde diferentes bandos”, agregó Deyis.

Sin embargo, recuerda el sentir de los campesinos de Entre Ríos sobre las diferentes formas en que operaban los grupos en la región, mientras ellos estaban en el medio del conflicto. “La guerrilla tenía un trabajo psicológico fuerte en las personas. Hacían advertencias, juicios y amenazas. Como si fueran la ley. Era muy grave los reclutamientos forzados porque desprendían a los hijos de su familia. Los paramilitares, por su parte, eran sicarios: con órdenes expresas. Mataban por solo sospechar de la gente, no investigaban. La diferencia en la escala de daños para la comunidad es enorme”, cuenta de manera atropellada porque llegan los recuerdos de un hecho que marcó su vida: la desaparición de su hermana.

El calvario de la desaparición

Cuando los paramilitares se llevaron en 1999 a Yaneth Amparo Carmona, tenía 28 años y cinco hijos. La desaparecieron porque supuestamente tenía una deuda de dinero que no había pagado. Los paramilitares le dijeron a su mamá que no fuera a llorar por ella, que hiciera como si su hija se hubiera ido de viaje para no volver.

“Pensábamos que mi hermana había perdido la memoria y eso alimentaba nuestra esperanza. Mi papá se enfermó psicológicamente, pues lloraba en silencio.  Mi sobrino, el segundo hijo de ella y que en el momento de su desaparición tenía nueve años, salía a buscarla al monte. Mi mama todavía se hace la fuerte, pero no se repone. Ahora le da rabia e impotencia y aún no le gusta hablar de eso”, contó Deyis.

Y comenzó un calvario para esta familia. La gente les decía que la habían visto viva por otros lados: que en Valledupar, que en Chimila. Y las esperanzas renacían. En el 2010 la Fiscalía entregó los restos de Yanet y de 20 personas más, víctimas de los paramilitares, que habían sido desaparecidos en la Guajira, Magdalena y Cesar. Termina la angustia, aunque el dolor, el perverso crimen de la desaparición, aún los tortura y sigue latente.

Una líder hecha a pulso

Deyis Carmona es madre de tres muchachos de 19, 17 y 14 años. El mayor quiere estudiar ingeniería automotriz y ese es uno de los temas que más incertidumbres le trae, porque no es fácil acceder a programas de becas y estímulos para los que más lo necesitan. Las esperanzas están puestas en el examen de estado, porque un buen resultado abrirá algunas puertas. Los otros hijos se encuentran cursando su educación secundaria.

Cuenta con nostalgia sobre aquella época en donde la obligaron a salir de Entre Ríos. “En Caracolicito asesinaron a líderes políticos y sociales. Comenzaron a ponerse las cosas difíciles.  Me dio muy duro irme de esta vereda porque vivir aquí era una cosa muy hermosa; vivíamos felices.  Desde la Junta de Acción Comunal hacíamos actividades de capacitación, se vivía en armonía a pesar de todo. Un día llegué a mi casa después de una reunión de la junta y encontré mi maleta empacada. Mi mamá me dijo, ‘te tienes que ir.  Tú decides para donde te vas, pero te tienes que ir’.  Para calmar la angustia de mi madre, le dije que salía hacia Copey y que tomaría el primer bus que viera en la vía: o hacia Barranquilla o Valledupar. En los dos lugares tengo familia. El primer bus pasó hacia Valledupar. No le conté a mis familiares porque había salido de la parcela”.

Tuvo varios trabajos. En un almacén de ropa, pero un día se encontró a un guerrillero que la reconoció como habitante de Entre Ríos. También en un almacén de telas, pero se sentía expuesta. Fue en la enfermería en donde continuó con su vocación. Allí conoció al papá de sus hijos, hoy su ex esposo, con el cual tiene los recuerdos de los primeros años de idilio y después, del infierno machista que le impidió seguir trabajando en un hospital de Valledupar. Hoy de la mujer sumisa no queda nada y desde hace cuatro años es la Presidenta de la Asamblea Campesina del Cesar por la Restitución de Tierras y el Buen Vivir.

Por la dignidad e identidad campesina

La Asamblea Campesina del Cesar por la Restitución de Tierras y el Buen Vivir fue fundada en 2012 como una agrupación de víctimas con el propósito de recuperar y fortalecer la identidad campesina y reclamar las tierras que fueron arrebatadas durante el conflicto. “Somos aproximadamente 3.500 personas. Brindamos asistencia, apoyo y acompañamiento a otras comunidades como lo son el Consejo Comunitario de las Comunidades Negras de La Sierra, El Cruce y La Estación, en Chiriguaná.  Hemos establecido lazos de apoyo con un grupo de víctimas en la comunidad de Mechoacán, municipio de La Jagua de Ibirico.  En total, la Asamblea Campesina agrupa a víctimas de 15 comunidades ubicadas en los municipios de San Diego, Agustín Codazzi, Becerril, El Copey y Chiriguaná, por lo que somos la organización campesina más grande del Cesar”, señaló la Presidenta de la Asamblea.

Esta organización se fortalece permanentemente para incidir en temas relacionados con la reparación integral, la restitución de sus tierras, la paz, la dignidad campesina, la capacitación y las oportunidades para los integrantes de la Asamblea.

“Que seamos reconocidos como un movimiento de campesino, con incidencia y que podemos sentarnos a dialogar con entidades, empresas y otros actores de la región, es muy importante para nosotros. Recientemente hemos invitado a Drummond nuevamente para comenzar un diálogo directo con la Asamblea Campesina. Esperamos que las empresas mineras vean en nuestra invitación al diálogo, una oportunidad en la que todos seremos beneficiados, que podamos construir un proceso basado en la escucha mutua, en el reconocimiento de los hechos que nos afectaron y que sea esta la base sólida para restaurar la vida de los campesinos de la Asamblea.”

«Es un logro que nos mantengamos unidos a pesar de tantas cosas, a pesar de las crisis, de la violencia sistemática en contra de los liderazgos sociales. Todos los días vemos ejemplos de organizaciones que desaparecen por miedo, por amenazas, por falta de oportunidades y de apoyo. Nosotros seguimos unidos y esto se lo hemos inculcado a nuestros jóvenes, para que continúen la lucha campesina, por nuestra dignidad y por nuestro legado del cual nos sentimos muy orgullosos».

Cuando a Deyis se le pregunta por el buen vivir, esas dos palabras tan arraigadas en el corazón de la organización, ella responde contundentemente: “el buen vivir ya lo tuvimos y era nuestro proyecto de vida en el campo, que quedó inconcluso y que queremos recuperar con garantías, con convivencia pacífica, sin zozobra, con seguridad. En resumidas cuentas, que podamos vivir en paz”.

 

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